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Nunca dejamos de decir “adiós”. 

Una vez en clase de español, mi maestro, el Profe Siefker, nos dijo que le encantaba la manera en que los latinoamericanos nos saludábamos al pasar. Generalmente, cuando nos cruzamos con alguien, simplemente le decimos adiós porque no vamos a entablar una conversación, ya que los dos vamos de paso. 

Pero aquí en Estados Unidos es diferente: cuando te cruzas con alguien, empiezas con un saludo y le preguntas cómo ha estado. Lo cual es inútil, ya que ninguna de las dos personas va a contestar la pregunta y seguirá caminando. Por eso, Profe Siefker nos dijo que prefería decir adiós en lugar de hola cuando se cruzaba con alguien.

Ahí es cuando me di cuenta de que estamos muy acostumbrados a decir adiós. Pero para alguien que está tan acostumbrada a decir adiós, nunca he podido hacer que duela menos.

Desde pequeña me he tenido que despedir de muchas personas, ya sea porque tenía que mudarme o porque era su momento de irse. Y aunque a veces la despedida no era la última vez que los vería, sí sería la última vez que viera esa versión de ellos. 

Me he despedido de amigos de la primaria, secundaria, preparatoria y ahora de la universidad. Me he despedido de versiones de mi casa que nunca volverán. Algunas veces, de las cuales me arrepiento, no me he despedido porque, en mi mente humana, di por hecho que los volvería a ver y, tristemente, el fin de la vida llegó antes que yo. 

Hay muchas personas que dicen que la despedida de algo es simplemente el inicio de algo más. Y eso es cierto, pero ese inicio, en el que ahora caminarás nuevos caminos, lo harás sin las personas con las que estabas acostumbrado a hacerlo, y eso es lo que tal vez te deja un nudo en la garganta cuando ves el reloj y te das cuenta de que tu tiempo con ellos es cada vez más corto. 

Tal vez sea un cliché decir que es importante disfrutar de cada segundo que pasas con alguien. Pero es, en verdad, lo mejor que podemos hacer. Creo que muchas veces vivimos en el futuro, pensando en lo que vamos a hacer más tarde, esperando el momento en el que veremos a alguien más. Somos criaturas raras; nos la pasamos añorando el pasado y esperando el futuro, pero pocas veces viviendo el presente. 

Estoy en un momento de mi vida en el que pronto tendré que despedirme de amigos que marcaron mi etapa universitaria. Estos amigos que me enseñaron tanto ahora se van a lograr cosas maravillosas, y aunque sé que seguiremos en contacto, extrañaré entrar a las oficinas y reír con ellos. Extrañaré hacer tarea y platicar hasta las dos de la mañana en nuestro cuarto de estudios.

Dadas las circunstancias, también me encuentro con la posibilidad de tener que despedirme de alguien que amo y que ha sido parte de mi vida durante mucho tiempo. Y aunque rezo todos los días para que no tenga que hacerlo, me doy cuenta de que si no es hoy, en algunos años más tendré que despedirme de familiares que amo tanto. Cuando pase, espero haber disfrutado cada segundo a su lado.

Aunque digo adiós con lágrimas en los ojos, también lo hago con una sonrisa, porque sé que adonde sea que vayan estas personas, me llevaré un pedazo de ellas y las encontraré en todo lo que hago: cuando juegue con mis anillos, cuando vea una película de superhéroes, cuando vea el color azul, o cuando cosa un vestido. Siempre estarán ahí.

Estoy acostumbrada a decir adiós, pero no he logrado hacer que duela menos. Estoy acostumbrada a decir adiós; tengo que estar, ya que, al parecer, nunca dejamos de hacerlo.

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